Un grupo de mujeres, un museo y una práctica que, con el tiempo, se convirtió en un espacio de encuentro, reflexión y producción artística. A diez años de su nacimiento, Bordadoras en el Museo presenta en el Caraffa dos muestras que dan cuenta de ese recorrido.

Desde hace una década, un grupo de mujeres se reúne los sábados para bordar. Se encuentran, conversan, discuten, comparten lo que les pasa y trabajan sobre distintas ideas que, con el tiempo, se transforman en imágenes y obras.

Bordadoras en el Museo nació en 2016 en el Museo Evita-Palacio Ferreyra y desde 2024 desarrolla sus encuentros en el Museo Emilio Caraffa. Durante estos años, el grupo fue cambiando, incorporando nuevas integrantes y atravesando distintas experiencias, pero mantuvo algo que parece sencillo y que no lo es tanto: seguir encontrándose.

Archivo afectivo: diez años de Bordadoras en el Museo es el nombre de la muestra que las Bordadoras exhiben hasta el 27 de septiembre en el Museo Caraffa, que reúne registros, obras y memorias de este proceso colectivo

Hoy, las Bordadoras son entre 15 y 20 mujeres de distintas edades y recorridos. Hay docentes, artistas, estudiantes, trabajadoras, amas de casa, abuelas, madres e hijas.

Algunas ya sabían bordar cuando llegaron; otras aprendieron con el grupo. No todas piensan igual ni tienen las mismas historias. Esa diversidad, lejos de ser un obstáculo, es parte de lo que sostiene la experiencia.

Como señala una de sus integrantes, una de las primeras integrantes del colectivo, resume esa convivencia de miradas en una frase: “En la diferencia encontramos la unidad, y la sostenemos, la elegimos”. Para otra de sus integrantes, formar parte del grupo tiene otra dimensión, más cotidiana: “Es un cable a tierra, un escape de la rutina, de la casa, del trabajo, de todo”.

Bordar en un museo tiene algo de inesperado. Pero también de potente. El bordado funciona como una puerta de entrada a otras conversaciones: lo que sucede alrededor, lo que atraviesa a cada una, las preocupaciones personales y los temas que aparecen en el mundo común. En ese espacio no hay una agenda cerrada de asuntos que puedan o no ser tratados. Todo puede convertirse en materia de conversación y, eventualmente, en materia de una obra.

De los barrios al museo

El origen del colectivo está relacionado con una experiencia universitaria. Mariana del Val, entonces docente de pintura de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba y actualmente directora del Museo Emilio Caraffa, impulsaba por esos años Vaivén: museo en los barrios, un proyecto que proponía llevar actividades artísticas fuera de las aulas y trabajar en distintos territorios. El proyecto pasó por Villa El Nylon y el barrio de Los Ladrilleros, entre otros lugares, con talleres destinados principalmente a niños y adolescentes. Con el tiempo comenzaron a acercarse las madres, que encontraron allí un espacio propio para expresarse. Ese acercamiento fue dando lugar a otra experiencia: la posibilidad de que esas mujeres llegaran al Palacio Ferreyra a bordar. El museo, hasta entonces un lugar posiblemente distante para muchas de ellas, comenzó a formar parte de su vida cotidiana. Una de las primeras personas que enseñó a bordar dentro de esta experiencia era una joven del barrio que confeccionaba trajes de murga y conocía el trabajo con pedrería. Desde allí, el conocimiento empezó a circular entre las participantes.

No hubo una estructura demasiado rígida. El grupo se fue armando a partir de lo que cada una sabía y de lo que podía aportar. Esa forma de transmisión horizontal continúa siendo parte de la identidad de Bordadoras.

Un tema para empezar a trabajar

Cada año aparece una nueva consigna. El tema no llega definido de antemano: se conversa, se proponen alternativas, se argumentan las elecciones y finalmente se decide colectivamente. La sexualidad, por ejemplo, fue elegida de esa manera.

La mayoría votó trabajar sobre ese tema y el proceso incluyó encuentros con psicólogas que abordaron el deseo, el placer, las emociones y distintas formas de pensar la sexualidad.

A partir de esas conversaciones comenzó otro momento del trabajo: transformar las ideas en imágenes. Aparecieron frases, recuerdos, escenas y asociaciones, pero también los mandatos que fueron construyendo determinadas ideas sobre ser mujer: lo que se puede decir y lo que no, aquello de lo que no se habla, los modelos de familia, los roles asignados y las expectativas sobre los cuerpos y las relaciones.

El proceso continúa mientras las obras avanzan. Cada una cuenta en qué está trabajando, muestra sus dudas y escucha las devoluciones de las demás. Una mirada ajena puede modificar una imagen, abrir una nueva pregunta o llevar una obra en otra dirección.

Cultivar lo íntimo, sembrar lo colectivo, es la segunda de las exhibiciones en el Museo Caraffa, que refleja este proceso de investigación, conversación y producción artística desarrollado en torno a la sexualidad.

El aprendizaje del bordado es solo una parte de la experiencia. Muchas llegan esperando aprender una técnica y terminan encontrándose con una dinámica de trabajo que tiene que ver, sobre todo, con el intercambio. “Casi ninguna sabía bordar al empezar”, cuentan las integrantes. “Pero como el objetivo no es el bordado en sí, sino lo que queremos decir, nos vamos enseñando entre todas. Está permitido equivocarse”.

Diez años de trabajos y encuentros

Durante esta década, las obras fueron dando cuenta de diferentes momentos del colectivo. Hay trabajos relacionados con Eva Perón, con la democracia, con canciones, con la memoria y otros temas que fueron apareciendo en las conversaciones del grupo. También hubo experiencias de intercambio con otros colectivos y comunidades: con el grupo Enredo y en Barrio Cabildo a partir de una beca del Fondo Nacional de las Artes. También hubo intercambios con mujeres privadas de su libertad y jornadas abiertas en las que personas que no pertenecen al grupo se acercaron a bordar con ellas. De esas jornadas quedaron cientos de pequeños bordados. Muchos no tienen nombre porque quienes los realizaron no dejaron sus datos. Otros quedaron registrados en fotografías, catálogos o simplemente en la memoria de quienes participaron. No todo ese material puede entrar en una sala. Sin embargo, ese archivo disperso (hecho de pequeñas piezas, fotografías, publicaciones y recuerdos) también forma parte de la historia del colectivo.